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sábado, 7 de abril de 2012

Capítulo #1:


Muy pocas veces he estado en el mar, pero recuerdo esa vez a los nueve años en un viaje con mis abuelos, cuando descubrí la sensación que me provocaba. Un día en él, es escuchar y sentir una ola golpear mis pies, mirar como va y como viene el agua salada haciendo espuma, sentir como se adentra y se repliega esa paz en su propio espacio. Dicen que las olas son causadas por ondas sísmicas; ondas generadas por grandes desplazamientos de las placas tectónicas de la Tierra desde lo más profundo de ella y por la gravedad que se ejerce en contra de la Luna. Esa explosión que produce el agua al estrellarse con la arena a miles de kilómetros de donde se originó esa energía, es la que yo, Samuel Ferrari sentí el veintiocho de Septiembre.


Mi vida era como la de cualquier persona normal de veintidós años, es decir: no existía. A mi edad, yo todavía no tenía un concepto bien definido de lo que es en realidad vivir. Para mí, la vida es simplemente estar vivo, mientras que lo contrario, prácticamente y por lógica, sería estar muerto. Algo que resultaba ser básico, pero que para mí, funcionaba. Desde que mi madre murió hace dieciséis años de cáncer, he vivido con mis abuelos; Julián y Loretta Ferrari, ellos tenían más de 40 años de casados, y eran los dueños de una importante compañía farmacéutica. Fueron una de las parejas más consolidadas del norte de Caracas, y una de las últimas personas de las que se podía esperar un mal comentario. Mis abuelos, Julián y Loretta, me criaron como si fuera uno más de sus hijos, el único para ser exacto, sólo tuvieron hijas: mi tía Miriam, mi madre y mi tía Mónica. Fui y soy el varón que tanto desearon y tuvieron por razón y efecto de la muerte de una de sus hijas. No recuerdo todo sobre mi madre, pues creo en la teoría que una persona a los seis años (la edad que tenía cuando murió) es cuando comienza a fijar verdaderos recuerdos en su cabeza. De mi padre conozco mucho menos, no está vivo, pero tampoco está muerto, en realidad no creo que exista; a veces, cuando niño pensaba que el capitán de un gran crucero me vendría a buscar y sería él, mi padre… juntos recorreríamos muchos países y conoceríamos muchos lugares, pero eso nunca pasó. Simplemente pienso que los dos, mi padre y mi madre me dejaron, a ella la llegué a amar, a él, todavía no sé si lo odio.

Un día antes de aquel día, me había convertido oficialmente en Abogado. Tengo el cabello marrón, mi piel es blanca caucásica, y mi apariencia, aunque no es algo a lo  que yo le preste atención,  dicen es algo tímida; mi abuela siempre me molesta, pues quiere que luzca “Guapo” para las personas de su círculo social. No tengo muchos amigos, y los pocos que tenía, los alejé cuando hace ocho meses se detectó la enfermedad terminal de mi abuelo. Durante ése tiempo viví de un modo muy solitario, no hablaba con nadie, no salía de mi casa, a excepción de mis salidas a la clínica, donde pasaba largas jornadas con él. A decir verdad no me importaba llevar esa vida, no había nada más importante que pasar tiempo con mi abuelo, mi única figura paterna. Julián Ferrari, era amante de los relojes, tenía muchos, y siempre me dejaba ayudarle con su colección, era muy cuidadoso con ellos y no dejaba que nadie los tocara a excepción de mí. Para él, no había nada peor que perder el tiempo y siempre que podía agregaba uno más a su basto estante lleno de relojes en cajas de vidrio. Puntualmente como sus relojes, murió un mes antes de mi graduación, y sólo estaba con mi abuela y mis tías y mi tío. Por un momento llegué a pensar que me sentía mejor en la tumba de mi madre y mi abuelo que con los vivos. De cualquier forma todos vamos a morir, y no me importaba sentir que adelantaba aquél momento, aprendí a no sentir dolor por las cosas que pasaban a mi alrededor, para muchos no tenía sentimientos que mostrar, pero para mí, simplemente había aprendido a resguardar mi propia personalidad.

No soy una persona feliz, pero aprendí a disimularlo muy bien; regularmente tengo pesadillas donde sólo escucho voces, sirenas de policías y gritos, lo que llamo sueños sonoros, porque todo siempre está a oscura en el gran lienzo negro de mi mente. Una vez conocí a una persona ciega y me confirmó que así también eran sus sueños, sólo sonoros, sin imágenes ni figuras, sólo sonidos. Pensé muchas veces que era yo asesinando a alguien, y si ése alguien tuviera que ser algo que me molestaba, de seguro era el compromiso y la responsabilidad que siento para con mi familia, como así me lo han hecho sentir y por todo lo que esperan de mí. Esa mañana, el veintiocho de Septiembre, jamás pensé lo que me sucedería. La noche anterior me había acostado de muy mal humor, había discutido con mi tío Sebastián (el esposo de mi tía Miríam y único yerno disponible de mi abuela), por lo que mis pensamientos sólo estaban al pie de esa discusión.

Recuerdo que después de ir falsamente a celebrar mi grado, decidí dormir. No tuve sueños, de hecho no recuerdo nada, sólo sé que dos horas después me di cuenta que mientras mi abuela dirigía todo lo relacionado con los preparativos para la fiesta que daría en mi honor esa noche, yo me había quedado dormido en el sofá de mi cuarto con todo y la toga que había usado. No tenía ganas de quedarme a ver como mi abuela preparaba su propia fiesta.

Era una noche despejada en un cementerio de Caracas. Hacía una fuerte y calida brisa, pero no importaba, quería estar ahí aunque eso significase una próxima gripe, enfermedad o algo peor. Dejé un grupo de Margaritas amarillas y blancas en la tumba de su madre, y otro grupo de flores en la tumba de su abuelo para luego caminar solitariamente por el cementerio. A pesar de que el lugar se encontraba en silencio y despejado, yo sonreía, me sentía acompañado, como si mi madre y mi abuelo me estuvieran tomando de la mano en cada paso que daba. Pensé en esos temores infantiles que tenía cuando creía que si pisaba la grama verde de esos lugares quedaría maldito o algún brazo descompuesto me tomaría desprevenido alguna de mis piernas. Sólo podía seguir sonriendo, porque ahora mucho tiempo después, sabía que habían cosas peores que una posible maldición azteca o un ataque Zombie. 

Con música muy alta y las ventanillas abajo, conseguí avanzar con mi auto por el asfalto del cementerio, como si quisiera fastidiar adrede a los cuerpos que descansaban en paz en aquel lugar. Mi abuela recién me había regalado ése Nissan Sedan negro por mi graduación; no me gustaba mucho, pero me permitía darme cierta libertad y autonomía que antes no tenía. Avanzaba con mucha velocidad por la ciudad de Caracas, miré mi celular velozmente para saber la hora y supe que estaba retrasado. Subí aún más la velocidad y de 180 Kilómetros por hora, pasé a más de 200 Kilómetros. Tenía que llegar y no me importaba si algo me pasaba, pues lo peor sucedería si no lo intentaba.

Ya entrada la noche y después de un largo trayecto del cementerio a la ciudad, por fin llegué a la casa donde se celebraba una fiesta para mí. Me pareció ver que ésta ya se encontraba muy concurrida. Loretta Ferrari (mi abuela), no perdió la oportunidad para festejar mi graduación, incluso cuando nuestro psiquiatra familiar le insistió en las millones de formas en las que yo no quería celebrar nada. Muchos autos ya se encontraban estacionados a los alrededores, pero sabía muy bien que si quería hacer acto de presencia debía de cambiarme y arreglarme. Desde la muerte de mi abuelo me había dejado crecer un poco mi desordenado cabello negro, lo tenía mucho más alborotado que de costumbre y no estaba vestido para la ocasión, por lo que sabía que debía entrar por la cocina para no ser detectado; allí algunos meseros entraban por copas llena de champagne y algunos con grandes bandejas de comida, seguramente la mitad ya desechada por los invitados de mi abuela. No fue hasta que pude llegar a la escalera principal, cuando sentí el retorcer de la madera en el piso, sólo podía significar que alguien estaba detrás de mí.

—Tuve que mentirle a tu abuela. Le dije que tuviste que quedarte una hora extra con el Doctor Landáez en tu tu terapia… —Me dijo mi tío con voz suevae, él era un hombre de trajes pues ser el Director administrativo de la farmaceútica se lo exigía. Se casó muy joven con la mayor de las Ferrari, mi tía Mónica y juntos, por la presión de ser yo el único nieto, tuvieron a mis primas, las gemelas Alexa y Alexandra; por mucho tiempo fue la mano derecha de mi abuelo, hasta que él murió, y por unos meses, para disgusto de mi tía por el hecho de no ser de manera permanente, se convirtió en el director de la empresa.
—¡Tío Sebastián! ¡Gracias! —exclamé rápidamente, aliviado de que fuera mi tío y no mi abuela.
—…pero creo que no resultó cuando el mismo Doctor Landáez entró por la puerta para tu fiesta de graduación, Samuel. —continuó él de manera autoritaria—. Te aconsejaría que fueras inmediatamente a tu habitación, te cambiaras lo más rápido que pudieras y bajaras para que tu abuela pueda exhibir al nuevo Abogado de la familia. —esta vez me sonrío.
—En seguida.  —contesté y comencé a subir las escaleras, pero al instante me detuve, había algo que quería contarle—. ¡Tío!
—Dime, Samuel. —me respondió apresurado y ansioso.
—Le compré margaritas, como tú me sugeriste. —contarle eso me hizo sentir un poco menos infeliz. Sabía que no necesitaba mucha explicación para que él entendiera lo que había querido decirle.
—¡Perfecto! Estoy seguro le gustarán, esas eran las favoritas de tu madre… Y despreocúpate. Tu abuela no sospecha que fuiste al cementerio. Ahora, antes de que la fiesta te robe toda la noche, quisiera hablar contigo unos minutos. ¿Podrías cambiarte mientras yo te espero en el estudio de Julian? —Insistió él.
—¡Claro, dame unos minutos y estaré allí. —le dije sin que me preocupara mucho tener una excusa más valedera para poder retrasar mi entrada la fiesta.

Quince minutos después, me había vestido con un traje gris y una corbata negra, cuando bajé para encontrarme con mi tío en el viejo estudio de mi abuelo. Tenía un mes sin entrar, pero todo estaba en su lugar, tan acomodado como solía estarlo todo en esta casa, Su escritorio de madera y sus paredes revestidas con una biblioteca llena de libros no tenían ni una mota de polvo y las fotos de la familia Ferrari y un gran globo terráqueo de madera pulida en una esquina, estaban tan relucientes que me impresionó que mi abuela no lo hubiese convertido aún en un su propio spa, por lo que entendía, ella lo amó como nadie lo hizo jamás, la había subestimado. Podía escuchar los rastros del sonido desde la ventana en donde mi tío, Sebastián Pernía, estaba para observándome cuando entré.

—Eres muy puntual, Samuel. —me dijo cuando se percató de mi presencia.
—Es un don que fui a obligado a tener. —le contesté con una dejadez que había comenzado al momento de entrar a aquel lugar—. ¿Para qué me querías ver, tío? 
—Quería entregártelo de una manera más personal, después de todo el alboroto que tu abuela ha estado haciendo por tu graduación, creo que es el mejor momento. —me manifestó mi tío y se acercó al escritorio de donde sacó dos sobres y una caja color vinotinto.
—¿Qué es? —pregunté con un poco más de entusiasmo.
—Descúbrelo tú mismo. —me dijo mi tío con una cara ansiosa por ver mi reacción.
Miré el escrito que tenía la parte de atrás de uno de los sobres y observé que el remitente era nada más y nada menos que mi abuelo; Julián Ferrari, e igualmente la caja color vinotinto pertenecían a él.
—Me lo envió mi abuelo, pero ¿cómo? —preguntó conmocionado con la infantil esperanza de pensar que mi abuelo había vuelto del más allá.
—Tu abuelo ya sabía que iba a morir. Estando en sus últimos días aquí en la casa, me llamó y me entregó uno de los sobres y la caja, el otro es de mi parte, tu tía Mónica y tus primas, concretamente de la familia Pernía Ferrari. —me contestó con una sonrisa mezclada con nostalgia que yo no podía entender.
Comencé en primer lugar por abrir la caja vinotinto y como contenido de ella encontré un reloj.
—¡El reloj de mi abuelo! —exclamé con entusiamos mirando aquel reloj metálico, con las manecillas negras y de un color plateado, que incluso con el tiempo y los cuidados constantes de mi abuelo, seguía estando muy brillante. Sentí mucha alegría, pero también logró sentir una tristeza que no estaba dispuesto a demostrar—. ¿Es mío? —pregunté.
—Tu abuelo me pidió que te lo entregara justamente el día de tu graduación, quería que supieras que si no estaba contigo en cuerpo, estaría contigo siempre en tu tiempo. —cuando mi tío me dijo eso, no pude evitar recordar a mi abuelo, la forma en la saqué el reloj de su caja vinotinto lo demostró, fue con el mayor cuidado posible que le pude dar al pequeño objeto—. Es todo tuyo, Samuel. —insistió mi tío cuando me ayudó a colocármelo—. Ahora, antes de que leas la carta de tu abuelo, quiero que mires mi regalo.

No podía ser hoy, estaba muy cansado, por lo que la opción de mi tío fue la mejor. Guardé la carta de mi abuelo en la caja vinotinto y la ceré, sabía que tenía que encontrar el mejor momento para leerla. Luego tomé el sobre que pertenecía a mi tío y su familia y lo abrí al hacerlo saqué su contenido. Era un tiquete de avión para dentro de dos meses a Bogotá, Colombia. ¿Por qué me había regalado un pasaje de avió para Bogotá?
—¿Un pasaje a Bogotá? ¿por qué habría de querer ir en dos meses, tío? —le pregunté con curiosidad.
—Tu abuelo y yo supimos de un congreso. Uno que precisamente habrá en Bogotá en dos meses, es para estudiantes recién graduados, allí podrás encontrar muchas oportunidades de estudios en el exterior, pensé que tal vez querrías ir. Sé que de esos hay muchos aquí, pero, pensé que alejarte de todo esto en dos meses… Tal vez, no sé, te haría sentir mejor. Ahora creo que no debí haberte dado algo que pudieses disfrutar sino hasta dentro de un tiempo.          —me respondió mi tío como si se sintiera culpable de su propio error.
—¿Qué quieres decir, tío? —yo seguía sin entender.
—Samuel, la forma en la que te miro, la forma en la que todos te miran. ¿Sabes cómo es?     —me preguntó. Yo sabía la respuesta, pero decidí por el bien de mi mente, no responder, levanté mis hombros en señal que no sabía y que me daría igual saberlo—. Es con lástima. Y necesito que me digas cómo hacer para que ya no te sientas así. 
—Yo estoy como debo estar. ¿Bien? —le contesté rápidamente. Me molestó saber que tuviera el valor suficiente como para decirme lo que yo sabía desde hace mucho tiempo, que me miran con lástima, que soy el muchacho que no tiene madre ni padre, y que hace todo lo que su abuela le dice—. Gracias por el regalo, pero no creo que pueda ir y a Bogotá. Aprecio tus intenciones, pero no creo que eso esté en los planes de mi abuela y si de verdad quieres ayudarme con algo…
—¡No! —levantó la voz mi tío al negarse a algo que no le había pedido. Nunca lo había visto así—. No puedo ayudarte Samuel, por más que lo intente, por más que tratemos, ella te forzará a hacer lo que crea más conveniente para ti, te obligará, y tú terminarás viviendo como ella lo planeé. Lo sabes muy bien. —Samuel lo miró, tratando de entender cómo su tío había adivinado sus pensamientos—. Samuel… tu abuela planea anunciar hoy en cuanto aparezcas en la fiesta que su amigo, el abogado Genaro Weffer… ¡Olvídalo, no puedo hacer las cosas de esta manera! 
—Sé que mi abuela quiere que trabaje con él en su bufete, pero yo no quiero, al fin y al cabo lo que yo decida… —comencé a responderle a mi tío cuando él me interrumpió como yo solía hacerlo con él…
—¡Tienes que irte! Samuel, y no en dos meses, sino ahora. —afirmó mi tío en voz alta. 
—¿Irme? —lo miré sorprendido ante tales palabras. ¿Irme? ¿Irme a dónde y por qué?—. ¿Acaso has tomado de más de tu whiskey, tío?
—Samuel, hace una semana que la seguridad de la farmaceutica me llamó, sé que desde que Julián murió, has estado tomando pastillas para la depresión sin receta médica alguna. Samuel, creo que eres una bomba de tiempo, una que lamentablemente está a punto de explotar. —prosiguió mi tío quien me colocó las manos en mi hombro para que yo no me retirara—. No se lo dije a tu abuela porque pensé que podíamos arreglarlo tú y yo, pero créeme cuando te digo que no quiero ver, ni presenciar el momento en el que algo malo te pase. Tienes que irte, Samuel, o vivirás siendo una persona infeliz. ¡Mírate! Es el día de tu graduación y sólo has estado reprochándote el hecho de que tu madre ni tu abuelo están contigo. ¿Fuiste al cementerio o no? Creo que incluso allí, la pasaste mejor con sus tumbas que aquí con el resto de los vivos. —Samuel trataba de entenderlo, pero ni siquiera lo dejaba defenderse.
—¡En primer lugar esas pastillas me las recetó el Doctor Lándaez! —le comencé a decir sin mostrar lo que estaba sintiendo en esos momentos—.  ¡En segundo lugar, no sabes lo que siento, no sabes lo que me gusta y lo que no! ¡Y en tercer lugar, olvídalo, no me iré a ninguna parte! —Por último decidí irme sin finalizar lo que estaba por convertirse en una discusión de la que no quería ser parte.
—Samuel, podemos cambiar ése tiquete de avión para hoy mismo, llegarías en dos horas a Bogotá, y… y… podrías encontrarte con tu primo. Estoy seguro que Marco te recibiría…
Mi cabeza estaba recibiendo muchas ideas, muchos pensamientos y no sabía si era capáz de sobrellevar todo lo que mi tío estaba contándome.
—¡¿Con Marco?! ¡¿Pero él está en Francia estudiando una especialización en elementos químicos con posibilidades de traslado al CERN?! —pregunté ahora de otra forma, de una manera menos molesta y queriendo entender el plan.
—Marcó está en Bogotá, y estudia los elementos químicos para preparar tragos, es decir, quiere ser Bartender profesional. Él le hace creer a su madre y a tu abuela que está en Francia, pero en realidad no está allí. Samuel, puedes encontrarte con él, estar allí dos meses, y luego decides si quieres volver o no. ¡Cómo no lo pensé antes! Samuel, son sólo dos meses, lo suficiente para asegurarme que no te pase nada malo estando aquí. No quiero que esos pensamientos que rondan en tu cabeza, se hagan realidad, necesitas comenzar a vivir y lo que es más importante aún, tienes que empezar a sobrevivir. —me dijo pausadamente y entendí que por más que tratara de aparentar no sentir dolor, y escudarme de lo que los demás pensarán de mí, nada había funcionado, a los ojos de mi tío, yo era todo lo que había tratado de esconder y él lo sabía.
—Tío, disculpa que te lo diga, ¿pero te has puesto a pensar en todas las idioteces que me estás diciendo? ¿Cómo me voy a ir? ¿Cómo de un momento a otro voy a dejar todo e irme a otro país? Lo siento, pero no soy Marco. —le dije esforzándome por aparentar ser una persona clara con mis ideas—. Buenas noches… y gracias. —fui hasta donde estaba mi tío Sebastián y le entregué el tiquete para luego salir por la puerta para sobrevivir al resto de la fiesta.
—Si no te vas, al salir de aquí estarás trabajando con Weffer como un Abogado más, terminarás casado con la persona que te sea más funcional, y desperdiciarás la mayor parte de tu vida siendo una persona que no quieres ser…   —me dijo mi tío antes de que saliera, pero ya era tarde, pasara lo que pasara, si iba a morir pronto teniendo una vida que no quería, no me importaba, como él me dijo, me sentía mejor entre los muertos que con los vivos.

Esa noche el jardín estaba repleto de muchas personalidades, empresarios, artistas de televisión, incluso ministros del gobierno regente. Habían largas mesas llenas de comidas que para mí no eran nada suculentas, y un bar que expedía los licores más exóticos y sofisticados que mi abuela pudo conseguir. Muchas de esas personas sólo me conocían por ser el nieto de Julián y Loretta Ferrari, incluso algunos ni sabían mi nombre. Caminé muy velozmente, y sólo esperaba no tener que encontrarme con mi abuela sin estar antes acompañado; en una esquina del jardín, un grupo de jóvenes con los que coincidí en el colegio y en algunos eventos, estaban conversando y tomando bebidas alcohólicas, se trataba de la élite juvenil con la que no quería tener contacto alguno. Sabía que muchos de ellos estaban allí más por obligación y por tratarse de un evento de repercución que por conocerme o tener algún tipo de amistad conmigo. Un mesero se acercó a mí y me ofreció un vaso de whiskey, pero de inmediato mi abuela, Loretta Ferrari, apareció.

—Gracias, muy amable, pero  él no va a tomar. —le dijo elegantemente mi abuela al mesero, que se retiró de inmediato, envidié su suerte. Ella, era una mujer de largas piernas y de aspecto sofisticado y elegante aún para su edad, sus ojos eran oscuros y penetrantes y siempre olía a vainilla, lo único que recordaba de mi madre—. ¿Dónde estabas, Samuel?      —me preguntó al momento al que comenzó a  mirarme y fingía sonreír, pero fue delatada por su voz aguda de regaño—. Todos han estado preguntando por ti, tuve que decirles que no te sentías muy bien y que tardarías unos minutos en bajar. Ojalá, por amor a Dios, no piensen que tienes problemas estomacales.
—Estaba en el cementerio. Le llevé flores a mi mamá y a mi abuelo, y la verdad dudo que tus invitados hayan estado preguntando por mí, abuela —le contesté sin tener ganas de dar explicaciones y por querer que mi abuela se enterara de lo que había hecho. 
—Samuel, te he dicho que el psicoterapeuta no recomienda, que por al menos dos meses, vayamos a visitar la tumba de tu abuelo. A ti, especialmente no te hace bien. —refutó mi abuela, pero esta vez con una voz menos aguda y un poco más procupada—. Quiero que seas feliz esta noche. ¿Me lo prometes? —mi abuela me dio un beso en mi mano izquierda—. Esto es para ti y quiero que lo disfrutes al máximo; ve… Socializa, es tu momento. —me dijo sin miramientos y por fin se retiró. 
—¡Lo prometo! —dije en voz baja cuando ésta ya no podía escucharme. En aquel lugar me se sentía un completo extraño en mi propia casa. Se suponía que estaba celebrando mi graduación universitaria, pero no me sentía feliz, tampoco estaba triste, pero había algo que no encajaba en aquel lugar donde todos parecían alegrarse por mí. ¡Yo! Tal vez mi tío no estaba tan equivocado como yo quería creer, pero por los momentos quería evitar cualquier mirada con él.

Minutos después, me encontré sentado en medio del peor lugar en el que podía estar, en medio del resto de mi familia. Estaba al lado de mi abuela, mis tías Miriam y Mónica y esta última junto a su esposo, mi tío Sebastían Pernía, (ambos disimulábamos el hecho que habíamos tenido una discusión hacía unos minutos) y sus dos hijas gemelas, Ariadna y Alexa Pernía. La tía Miriam, la mayor de las tres hijas, era una mujer de cabello rubio y de un aspecto bien retocado por cirugías, que ella no quería admitir, a diferencia de la menor mis tías. La tía Mónica, que aún conservaba su cabello marrón, poseía la elegancia de mi abuela y su aspecto conservador era aún su más grande y fuerte ella junto a mi tío, personificaban excelentemente lo que mi abuela, Loretta y mi abuelo Julián, fueron alguna vez. De un momento a otro y antes de que todos comenzaran a degustar la comida que tenía frente a su paladar, mi abuela se levantó junto a su copa de Champagne…

—¡Quiero dar las gracias! —dijo en voz alta para captar la atención de todos los presentes—. Gracias por asistir, por estar con nosotros en éste gran momento después de… —hizo un silencio que todos entendieron y que personalmente no quería que hubiera—, …después de todo lo que mi familia ha pasado esto dos últimos meses. Quiero brindar, por la suerte que he tenido al poder presenciar un momento tan inmensamente feliz como el que he vivido durante estas horas. Lamento profundamente que mi hija, Magdalena y mi esposo Julián, no estén aquí para hacerlo. —¿Tenía que decirlo? ¿Mi abuela tenía que mencionar la causa por la que estaba sintiéndome nada en mi propia celebración?—. Quiero brindar, por la constancia de mi nieto, y por nuestro logro, un logro que enorgullece por entero a la familia Ferrari. ¡Por ti, Samuel Ferrari! —escuché como muchos brindaban y el tintinar de las copas al chocar de todos los presentes que ni siquiera me conocían—. Buen provecho —dijo por fin para finalizar mi abuela y todos comenzaron a comer. Miró a mi abuela, no estaba molesto con ella, porque seguramente otra persona, tal vez uno de esos jóvenes que cenaban en una esquina del jardín, en su lugar estarían felices por lo que mi abuela había hecho. Decidí mirarla una vez más y sonreírle y bastó para que ella supiera lo agradecido que estaba por esas palabras, y que también lamentaba que mi madre y su abuela no estuvieran allí con él. Ella no había anunciado nada sobre el que yo iría a trabajar con su amigo, Genaro Weffer, por lo que mi tío, se había equivocado.

—Madre, fue muy conmovedor lo que has dicho. —comentó mi tía Miriam Ferrari, la rubia y plástica de las hermanas—. Por momentos no supe si podría contenerme. —siguió ella mientras yo observaba como mis primas, las hijas de mi tía Mónica, la miraban y se burlaban de ella—. Samuel, desde Francia tu primo, Marco… te manda muchas felicitaciones, él está muy orgulloso de ti. No faltaba más, después de un Ingeniero Químico como él, ahora tenemos un Abogado en la familia.
—Pensé que Marco estaba incomunicado, Miriám. —le contestó la tía Mónica con su habitual nivel de voz que le hacía parecer más curiosa de lo que en realidad era, mientras comía. Evidentemente el hecho de que Marco estaba en Bogotá, no era un secreto que mi tío le estuviera guardando a su esposa.
—Hoy hablé con él. Está muy bien y envía saludos. —contestó rápidamente la tía Miriám a su hermana.
—Al parecer voy a tener que adoptar a jóvenes que quieran encargarse de la empresa de la familia. —dijo mi abuela muy perspicaz y sus dos hijas (Miriam y Mónica), la miraron estupefactas mientras yo disfrutaba del momento muy internamente.
—No creo que sea necesario, Loretta. —dijo el tío Sebastián de manera muy jocosa.
—Mi esposo tiene razón, madre. Aridana y Alexa ya están por terminar el colegio y en unos años se graduarán al igual que Samuel de la universidad, sólo que esta vez, sus carreras les permitirán entrar de lleno como empresarias capaces de hacerse cargo de la farmacéutica.     —tanto Ariadna como Alexa, mis primas se miraron confundidas. Ellas que sólo tenían tiempo para pinturas de uñas, viajes y vida social, no estarían jamás preparadas para el futuro que mi tía les tenía preparado.
—Veo que has estado hablando con tu esposa, Sebastian. De igual manera no creo que el futuro de la farmacéutica sea un buen tema hoy y aquí. —aseveró mi abuela acabando con el tema—. Quería comentarlo más adelante, pero he conseguido saber que Genaro Weffer, quien está cenando dos mesas más allá, quiere proponerte a ti, Samuel, incluirte como posible socio a futuro en su reconocida firma de Abogados. —todos en la mesa reaccionaron a tal noticia, yo tardé unos segundos en escuchar, más que todo en entender, pero después de diez segundos, dejé de comer—. ¿Qué te parece, Samuel? —insistía mi abuela cuando evidentemente yo me había quedado sin habla. 
—¿Estás bien, Samuel? —me preguntó mi tío. Estaba molesto con él, y fue la primera vez que me habló después de haber estado en el estudio. 
—¡Sí! Es sólo que me ha caído por sorpresa esa noticia. —contesté confundio y evitando mostrar cómo me sentía al respecto. Mi tío tenía razón, y sinceramente hubiera sido más fácil dejarlos a todos allí en la mesa, dejar la casa e irme al cementerio, pero evité mostrar mi verdadero rostro—. Gracias, abuela. Es un muy buen plan para mí. —mentí.

Estaba solo sentado en una mesa, mientras las demás personas en la fiesta disfrutaban de mi logro, pensando en todo lo que había pasado en cuestión de treinta minutos. Me golpeaban las olas, pero no sentía paz, tal vez había sido mucha la energía proveniente de las placas tectónicas la que en vez de olas causaron grandes tsunamis desde dos lados; por uno, mi tío Sebastián, que habilmente llegó a desenredar mi pensamientos y actitudes y llegó a estar a un nivel en donde era la única persona viva en la tierra que en realidad me conocía. Por otro lado, el tsunami elegante de mi abuela, me proponía un futuro con el que yo no quería sentirme familiarizado, para ella, yo debía ser feliz con la gran oportunidad que había recibido. De vez en cuando miraba con desprecio el trago de soda con limón que mi abuela había mandando a preparar exclusivamente para mí cuando mi tío Sebastián, seguramente para hacerme saber que él no mentía, apareció.

—¿Qué tomas? —me preguntó.
—No te preocupes, tío. Sólo es soda con limón. —contesté aburrido, como en realidad estaba, pero con cierta altivez.
—Es tu graduación, deberías al menos tomarte algo que no sirva como digestivo, aunque no estoy seguro si de verdad eso es lo que hace tu bebida. —me dijo en broma, y se sentó a mi lado.
—Evita que haga el ridículo. Sólo puedo tomar alcohol cuando ocasionalmente mi abuela me deja en algunas de sus cenas. “Una mente y conciencia como la tuya no debe ensuciarse con tan vil sustancia.” —cité imitando la voz de mi abuela y los dos nos reímos—. Creo que no está tan mal. El limón la verdad ayuda mucho, de la soda no puedo ser tan optimista.
—Sí, ya lo creo. ¿Por qué no estás con ellos? —me preguntó mi tío a la vez que miraba al grupo de jóvenes que mentalmente rechazaba, unas mesas más allá.
—Ellos no son mis amigos. Tengo la teoría que sus padres los obligaron a venir aquí a cambio de algún celular de última generación o marihuana medicinal. —afirmé. Sinceramente estaba muy seguro de ello.
—Sabes, cuando conocí a tu tía también me habían obligado a venir a una de estas fiestas; tu abuela era y aún sigue siendo famosa por ellas. El caso es que no había marihuana medicinal para es entonces, pero sí bastante licor. Creo que nos falta madurar un poco más. A ti, más que a mí, eso está claro. —mencionó y traté de no querer entender. Rato después hubo un silencio reconfortante, especialmente por ambos estábamos callados—. Samuel, te conozco desde siempre, últimamente hemos estado mucho tiempo juntos y sé que no estás feliz con nada de esto, ¿Considerarás mi oferta? —me preguntó sin mirarmee y tomando un poco de su vaso de whiskey—.
—Voy a trabajar en la firma de Abogados Weffer y asociados. No me iré y seré feliz con eso —le dije enseguida sin inmutarme, tratando de enterrar el tema del que no quería volver a hablar. Él me  miró por unos pocos segundos y parpadeó mientras mentalmente sabía que estaba aceptando mi decisión.
—Muy bien. —él no dijo nada más, se levantó de la mesa y se fue. Ya no quería estar allí, por lo que me iría a la casa sin ser notado, como era costumbre. Me levanté, y por error derramé mi vaso de soda con limón en mi pantalón—. ¡Mierda! —dije y algunos de los jóvenes de la mesa de la esquina se rieron de mí. No les presté atención como había aprendido durante mucho tiempo, pero cuando busqué el mejor camino para huir a mi cuarto mis dos primas gemelas (Ariadna y Alexa) habían aparecido.
—¿Nos prestarías dinero? —me preguntó Ariadna, la mayor y más coherente de ellas.
—Eso dependería si supiera la verdadera razón del porqué lo necesitan. —contesté mientras trataba de disimular la mancha en mi pantalón.
—Seguramente nos gusta coleccionarlo. —gruñó con sarcasmo, Alexa, la (por quince minutos) menor de ellas.
—Deberías acompañarnos, queremos hacernos unos tatuajes, y es obvio que Mónica no nos va a dar el dinero. —mencionó Ariadna.
—¿Y qué les hace pensar que yo sí? No les voy a prestar dinero, de eso pueden estar seguras, Ariadna. —les dije y traté de evitarlas caminando con gran velocidad hacia un lado en donde unos ministros habían dejado abierto para mí, pero Ariadna y Alexa continuaron conmigo.
—No seas aburrido Samuel, necesitamos ser mayores de edad o pagar alguna excusa para poder hacernos el tatuaje. Sabemos que tú nos puedes ayudar. —dijo Alexa bajando un poco su tono de voz conciente que con su sarcasmo, no lograría nada de mí.
—Alexa, en un mes van a cumplir dieciocho y van a poder dañar su cuerpo como quieran, sin mi dinero, ni el permiso de mi tía a la que estoy seguro le gustaría que la llamaran mamá.          —Ariadna se molestó mucho y me cerró el camino. Ya tenía que deshechar aquel espacio vacío por el que podía llegar a la entrada de la casa.
—¡Samuel, tienes veintidós años, no tomas, no sales con nadie, no nos prestas dinero, ni siquiera tienes una relación sana con tus primas y con tus familiares, al parecer el único que te tiene cierto cariño es mi papá, pero supongo que como eres tú, es simple y pura lástima!  —me dijo Ariadana. Me detuve, en un acto concientemente masoquista quise saber cómo me veían y entendían ellas.
—¿Ariadna, qué quieres decir con eso? —pregunté con mucha curiosidad, pero decidido a no demostrarlo.
—¡Qué estás muerto… Y ni siquiera lo sabes! —me respondió Ariadana velozmente, para luego irse con su hermana hacia la mesa de los jóvenes de la esquina. Me quedé allí, y por un momento pensé que el sonido iba disminuyendo poco a poco; me quedó solo, abstraído por lo que mi prima, en pocas palabras, me había dicho. “(…)estás muerto… Y ni siquiera lo sabes.” ¿De verdad estaba muerto y no había sido capaz de darme cuenta? Yo sabía a lo que se había referido Ariadna y tenía mucho que ver con lo que mi tío, en nuestra veloz discusión, me había querido dar a entender, pero… ¿Qué era entonces estar vivo? Volvía  hacerme esa pregunta una y otra vez en mi cabeza, respirar era formar parte de las especies vivas. Estaba respirando, podía sentir el aire entrar y salir por sus fosas nasales… ¡Estaba vivo! ¿Pero qué era entonces lo contrario? Estar muerto sería no respirar. Algo que resultaba ser básico, pero que esta vez no había funcionado. ¡No había funcionado! ¿No estaba viviendo? ¿No estaba siendo una persona viva? ¿Por eso sentía que no encajaba? ¿Por eso no era felíz, pero tampoco infeliz? Los muertos no sienten dolor, y por eso era más fácil sentirse raramente normal en un lugar sin vida que en su propia fiesta de graduación. Estaba muerto, como su madre y su abuelo enterrados en el cementerio. 

Estaba amaneciendo cuando un rayo de sol comenzó a apuntar hacia mi ojo izquierdo y como un muerto viviente me levanté de mi cama. Eran las siete de la mañana del veintiocho de Septiembre, me había graduado hacía unas horas y ahora tenía que ir a trabajar. No supe cómo vestirme, por lo que simplemente tomé el traje sin estrenar que mi abuela me había regalado, una camisa blanca y me vistió. Me colocó el reloj que mee había dejado mi abuelo antes de morir y bajé con mucho silencio hasta la cocina de la casa, allí me encontré con mi abuela, quien sostenía una taza de café recién hecho y aún vestía su pijama.

—¿Quieres un poco? Ahora que deberás levantarte temprano, es posible que le tomes el gusto al café recién hecho. Tu abuelo lo adoraba. —me dijo ella con una sonrisa de recién levantar.
—No tengo tiempo. —le contesté a la vez que miraba el reloj y noté como ella también se percataba que lo tenía.
—¿Quién te dio ése reloj? —preguntó con mucha curiosidad.
—Mi tío, me dijo que mi abuelo me lo había dejado y que quería que lo tuviera el día de mi graduación. ¿Por qué? —insistí.
—¿Y sólo te entregó el reloj?
—¡Sí! Abuela, tengo que irme, si quiero llegar a tiempo con el señor Weffer, tengo que salir ya. —le dije sin saber que no volvería a verla en mucho tiempo. Me acerqué a ella y le di un beso en la mejilla para despedirme.

En la firma de Abogados Weffer y asociados, me presentaron a todos los que allí trabajaban. Iba detrás de Genaro Weffer, uno de los asociados, principal abogado del lugar y amigo de mi familia. Todos lo notaban, el que estaba allí, el que acababa de llegar, era una persona que no quería estar. Sentí que poco a poco, iba perdiendo el control de mi mascara y que ya todos en mi entorno, comenzaban a darse cuenta de quién era.

—¿En qué resultas ser bueno Samuel? —me preguntó Genaro Weffer con un tono de voz que aspiraba a que me diera cuenta que era mi jefe.
—Solía hacer buenos contratos cuando estudiaba. —respondí sin ánimos.
—¡Muy bien! Es bueno saberlo. Por los momentos no podemos perder más tiempo, una pareja quiere divorciarse y están junto a sus abogados esperándome en mi oficina. ¿Por qué no vas por cinco tazas de café y luego le dices a mi secretaria que te dé los expedientes que necesitan copias y los guardas en el almacén, bien?
—Bien. —respondí.

Después de llevar cinco tazas de café a la oficina de mi nuevo jefe y presenciar como discutía una pareja por sus bienes, fui con ocho carpetas llenas de papeles que debían de ser fotocopiados. Ya eran las diez de la mañana cuando aún estaba sacando las fotocopias que así requería Generado Weffer. Pensé que si esa sería su rutina de ahora en adelante, de una vez por todas, era un muerto con vida y que tanto mis primas, mi tío y la mayoría de las personas que me habían presentado en el trabajo esa mañana, tenían razón.

—¡Auch! —exclamé a la vez  que pequeñas gotas de sangre muy oscura caían en una de las copias que estaba sacando manchando el papel con un color rojizo. Era mi sangre, ¡eso era sangre! Me había cortado mu dedo índice izquierdo mientras hacía el trabajo que me habían encomendado. ¿No estaba muerto? ¡No! Claro que no estaba muerto, qué más prueba que esa de estar vivo que ver su propia sangre salir de su cuerpo. 

Por descuido, las carpetas y las copias que había estado sacando durante toda la mañana se cayeron al suelo. Un poco desorientado, me agaché para recogerlas, pero mis ojos miraron a otro lado. No había que pensarlo mucho, tenía que irme. Estaba emocionado, por primera vez había tomado una decisión que afectaba a todo mi ser y nadie, incluso mi abuela, podía interferir con ella. Estaba harto de estar muerto, por eso tomé mis cosas, incluso mi traje nuevo, el que me habían comprado para mi primer día de trabajo, me estaba sofocando; sin despedirme y dar algún tipo de explicación me fui. Mis pasos eran largos y rápidos, no iba a despedirme de nadie, sólo me tomó dos horas darme cuenta que no quería estar en ése lugar, que no quería seguir las responsabilidades impuestas por mi abuela, no quería sentirme muerto, pues había descubierto que aún había sangre drenando por mi cuerpo. Salí del edificio, con una cosa clara en mi mente, me iría. 

Sonreí por primera vez de alegría, ¡Eso era ser feliz! Saqué las llaves de mi Nissan Sedan negro, para poder huir, y darle la razón a todo lo que mi tío Sebastián me había discutido la noche anterior. ¡Era cierto! Quería estar muerto, por eso había tomado las pastillas sin permiso, eran la excusa perfecta. Aceleraba siempre que podía, para mi suerte, muchas calles de Caracas estaban despejadas, era horario de escuela… y nadie estaba conduciendo por lo que comencé a subir la velocidad como había hecho la noche anterior. Tenía que llamar a  mi tío Sebastián, tenía que aceptar su oferta. Las calle vacías, todo el mundo estaba trabajando, nadie estaba manejando, volví a aumentar la velocidad de mi auto lo más que pudé, tenía que llegar a tiempo, antes de que notaran mi ausencia en el trabajo y se lo comunicaran a la abuela. Comencé a manejar con una sola mano porque quería avisar a mi tío lo que había decidido, saqué el celular de mi pantalón y comencé a marcar el número para llamarlo, no contestó. Las calles seguían desiertas, incluso cuando transitaba por una zona residencial, por lo que enviarle un mensaje de texto no resultaría una mala idea. “Tío, acepto el pasaje. Quiero irme, llámame.” Escribí con ambas manos mientras con mis pulgares sostenía el volante y le envié el mensaje. Al quitar el celular de mi cara, sólo podía pensar en lo contento que estaba, me iría, pero lo último que recuerdo es como un auto salía en retroceso de una de las casas a la derecha del asfalto, y no pude detenerme a tiempo por como iba manejando. Sentí la lentitud del tiempo nuevamente;  a toda velocidad giré el volante tratando de desviar el auto a la derecha, pero fue tarde, otro auto venía en sentido contrario y me embistió, giré por los aires y todo, como el sueño del ciego, se volvió oscuridad.

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